jueves, 29 de mayo de 2014

POLÍTICA TRIPLE “C”



Introducción

Al reflexionar sobre los problemas económicos de Argentina, uno debe tomar algún marco de análisis que vaya más allá de los datos estadísticos (independientemente de su credibilidad). En este sentido, dedicamos este reporte a plantear un esquema de análisis en términos cualitativos.
Para quienes están en finanzas, la triple “C” es el último escalón en las calificaciones de riesgo crediticio, pero en esta ocasión lo usamos como acrónimo de lo que en realidad consideramos como cualidades básicas de una política que te lleve a una máxima calificación crediticia, la AAA.
Tomamos como punto de partida la trinidad Consistencia, Credibilidad y Comunicación, como los factores que hacen a una política exitosa, de ahí la triple “C”.
La Argentina en materia de política económica ha transitado todas las combinaciones posibles en la “década ganada”, aunque desafortunadamente, en el sentido menos beneficioso para la sociedad: ha ido del triple “C” al triple “I”: Inconsistente, Increíble, Incomunicada.

Un poco de perspectiva

La teoría económica tiene varias páginas dedicadas al análisis de políticas económicas en términos genéricos, esto es, más allá del contenido programático de las mismas. Esta línea de análisis permite explicar algunos fenómenos de la realidad, como ser, por qué una misma política económica aplicada en dos lugares diferentes arroja resultados distintos?
A comienzos de la década de 1980 dos economistas americanos, Barro y Gordon, se preguntaban por qué hay un sesgo inflacionario en la política de los bancos centrales, y la respuesta abrió todo un campo nuevo de análisis que tiene que ver con dos de los aspectos que planteamos en este texto: Consistencia y Credibilidad.
En términos sencillos, Barro y Gordon muestran que una política Consistente, pero No Creíble, es tan mala como una No Consistente.
Que quede claro que cuando usamos el término Consistente no estamos haciendo juicio de valor sobre el tipo específico de política, sino hablamos que la misma sea apropiada en el momento. Por ejemplo, usar Reservas Internacionales puede ser una buena medida de política en un momento del tiempo (tasas de interés muy elevadas, por poner solo un factor), pero muy mala en otro.
El concepto de Credibilidad es mucho más intuitivo: anuncio algún tipo de política y la gente me cree o no me cree. Ejemplo: digo que no voy a devaluar, si la gente me cree el mercado cambiario se mantendrá sin presiones adicionales. Si no me creen, habrá una nueva presión sobre el mercado cambiario ante la expectativa de que sí se devalúe.
El tercer factor que planteamos es la Comunicación. En este caso, la teoría ha avanzado con posterioridad en términos cronológicos, y fundamentalmente atada al desarrollo de lo que se denominan esquemas de metas de inflación, donde uno de los pilares para el correcto funcionamiento del mismo, es la buena comunicación no solo de las decisiones de política, sino también de la visión que los hacedores de política tienen sobre el estado y  funcionamiento de la economía.
Aquí podemos ejemplificar por medio de lo sucedido en años recientes en Estados Unidos y la lectura que se hace de los comunicados de prensa del Comité de Política Monetaria de la Reserva Federal. Se llegó al extremo de creer que una coma más o menos en dichos comunicados, podía implicar un cambio en la visión de las autoridades monetarias sobre el estado de la economía!
Esta situación llevó a que sistemáticamente se fuera esclareciendo el contenido de los mismos, que pasó en la década de 1990 de tener solo 2 párrafos (muy sintéticos además), a la situación corriente, donde se utilizan 6 párrafos largos para explicar por qué la tasa de interés subió, bajó o se dejó sin cambios.

Un poco de introspectiva

En una primera etapa, tras el inicio de la recuperación post debacle de 2001, la política económica presentaba las tres características deseables: era consistente, ya que estimular el gasto agregado no encontraba restricciones físicas ni monetarias, la credibilidad estaba, ya que era un gobierno nuevo, que si bien arrancó con poco apoyo electoral, en la primer elección legislativa logró refrendar su poder, y la comunicación era clara: por caso, el Banco Central comenzó a publicar reportes periódicos sobre el estado de la economía (entre ellos el que se denominaba Informe de Inflación, hoy rebautizado Reporte Macroeconómico…)  y a compilar y divulgar un relevamiento de expectativas económicas (Relevamiento de Expectativas de Mercado – REM-), y de hecho, el Ministerio de Economía también hizo un intento por confeccionar y publicar sus propios informes de coyuntura.
Era la etapa relativamente fácil, donde la lucha era contra la apreciación del peso, donde se imponían trabas al ingreso de capitales financieros, donde los precios de commodities “volaban” en los mercados internacionales.
El tridente fue mutando, la consistencia se fue perdiendo, de la mano del agotamiento de la capacidad ociosa, tanto en términos de mano de obra, como de capital. La primera señal clara que surgió fue la inflación. Cuando se llega a esta etapa, ya no es recomendable seguir con la política de incentivo al gasto agregado o, en todo caso, al componente de consumo privado y gasto público del gasto. Si el foco hubiera sido la inversión privada o la infraestructura pública, los resultados podrían haber sido diferentes.
Entonces una vez perdido el componente Consistencia, en lugar de acomodar la política a la nueva coyuntura, la decisión fue perderla de forma deliberada. Este emerge como el peor escenario posible, porque una cosa es encontrarse frente a un shock externo, imprevisto, y reaccionar equivocadamente en términos de política, y que esto nos conduzca a una situación de inconsistencia. Pero otra muy diferentes es, teniendo las señales, teniendo el aviso de los equipos técnicos sobre la necesidad de cambio, deliberadamente no cambiar.
Así, la única respuesta que encontró el Gobierno fue romper el segundo puntal de la buena política: la comunicación. Se intervino el organismo estadístico, se comenzó a construir un relato sobre la realidad, y finalmente se intentó castigar a los privados que osaron informar sus estimaciones macroeconómicas.
En paralelo, el Banco Central de la República Argentina continuaba relevando el REM, hasta que se volvió una situación completamente incómoda, aun cuando los informantes en lugar de estimar variables económicas intentaban adivinar qué iba a publicar el INDEC. La solución fue colgar el cartel de “Readecuación del Relevamiento de Expectativas de Mercado”, modificación que aún está proceso…
Finalmente, la conjunción de inconsistencia de política, incomunicación de la política, indefectiblemente complota de lleno contra el tercer pilar fundamental de una exitosa política económica: la credibilidad.
Así las cosas, cuando un funcionario, independientemente del rango que tenga, sea Presidente de la Nación, sea Ministro de Economía, o Secretario de Estado, sale a anunciar que “van a tener que esperar a otro Gobierno si quieren una devaluación”, la gente va y compra dólares, por las diferentes vías legales, o las no legales.
Cuál es el gran problema de haber llegado hasta el fondo de la tabla? Que el camino es mucho más empinado hacia arriba. Reconstruir credibilidad no es tan sencillo como destruirla. Las medidas económicas que se tienen que tomar, tienen que ser, y se tienen que mantener, de forma mucho más estricta que en un escenario de confianza.
Un ejemplo en este sentido nos lo aporta la salida de la Convertibilidad en 2002. Se decidió inicialmente mover la tasa de cambio desde 1 a 1,4, pero no fue creíble, lo que desencadenó la liberación del tipo de cambio, el cual “corrió” hasta 4 en seis meses, para luego comenzar a bajar hasta el año 2004.

Resumiendo

Una política económica exitosa requiere de tres características fundamentales: Consistencia, Comunicación y Confianza. En Argentina hemos pasado por todas las combinaciones posibles de estos pilares, y los resultados han sido siempre claros.
En la década de 1990, la Convertibilidad tuvo su período de consistencia en sus primeros 3 a 4 años, se ganó la credibilidad, y la comunicación fue consecuente. Sobre principios del nuevo siglo, la consistencia desapareció, la comunicación falló, y la credibilidad se esfumó.
La década “ganada” arrancó en una posición inmejorable, una triple “C” en nuestra escala, y hoy estamos en la triple “I”, no es necesario caer en una crisis alla 2001-2002 para iniciar el camino de retorno, mucho menos llegar a una nueva calificación “D” en términos de riesgo crediticio.